Dedicado a Ganesha

Superar los obstáculos, hacer un cambio

Por aquel entonces trabajaba en el barrio del Clot de Barcelona y vivía en un pueblo cerca de la playa a las afueras.

Tenía veinticinco años y aunque vivía una vida plena, feliz y divertida ya llevaba tiempo sintiendo la llamada de búsqueda interior.

 Además, por aquel entonces sentía mi cuerpo rígido, tenía algunas molestias articulares y también me solía sentir desbordado por emociones que no comprendía.

Una sensación de ansiedad cada vez que pensaba en el futuro y algunos miedos, empezaban a auto limitar y frustrar ese anhelo de avanzar y seguir creciendo en la vida que se tiene a los veintitantos. 

Cada tarde al salir del trabajo, cogía el bus que circulaba por toda la gran vía de Barcelona, me encantaba entonces ponerme mis walkman con algún casete de rock duro y evadirme con la música mientras mi mente se perdía en la infinidad de ventanas y balcones de los preciosos edificios de estilo modernista.

 Me encantaba imaginar que cada ventana, cada balcón representaban la vida de alguien; como viviría, que anhelos tendría, que pensamientos pasarían por su mente, cada ventana representaba una vida y yo me fijaba en pequeños detalles de esas ventanas esos balcones, detalles que me daban pistas sobre cómo sería la vida de esas personas y si sería una vida tan diferente a la mía. En fin, una manera más de mantener la mente absorta y entretenida para no escuchar ese ruido interno.

Entonces un día lo vi. Allí estaba en un balcón: un gran dibujo del dios Ganesha con su simpática cabeza de elefante. 

Yo no conocía a Ganesha y del yoga había oído hablar y leído algún artículo, pero de que tenía detrás toda una filosofía y de las deidades del panteón hinduista,  no tenía ni idea.

 Esa imagen  inmediatamente me trasladó a otro mundo, llenándome de curiosidad. La  verdad, ahora viéndolo desde la distancia, siempre que pienso en esta historia, creo que era como si esa imagen fuese ya conocida por algo muy dentro de mí.

No sé cómo explicarlo, ¿quizás en otra vida había conocido la historia de Ghanesa? O quizás tal vez es cierto que esas imágenes cargadas de energía espiritual y simbolismo le dan un mensaje sutil a nuestro ser, un mensaje a veces en forma de sensación y  a veces en forma de un “clic” que inicia un proceso de anhelo de cambio en tu Ser.

 Sea como sea esa imagen atrajo mi atención, seguro que llevaba mucho tiempo en ese balcón pero hasta esa tarde de primavera, la revoloteadora  mariposa de mi vista, no se había posado en esa flor que prometía tan jugoso néctar.

Al pasar por ese mismo punto la siguiente tarde, volví a mirar el balcón donde se hallaba ese cartel, era un primer piso amplio, rodeado de ventanas y balcones y entonces en una de esas ventanas pude ver la frase “Escuela de Yoga”.

 Por aquellos tiempos no había muchas escuelas de yoga, no es como ahora que por suerte, esto del yoga ha proliferado y podemos encontrar varias escuelas en un mismo barrio.

 Yo había leído algunos artículos, en algunas revistas y visto algún reportaje en televisión sobre el Yoga y me sonaba que era una actividad que ejercitaba la flexibilidad del cuerpo, concentraba tu mente y te enseñaba a utilizar bien tu respiración. Aunque ya conocía algunos aspectos de estas técnicas por mi afición a las artes marciales, esa era la única referencia del yoga que tenía.

 Más tardes fueron pasando y siempre posaba mi vista al pasar por ese balcón, viendo la imagen de Ganesha y el cartel “Escuela de Yoga” y me gustaba imaginar entonces a las personas que estarían en ese momento, en ese lugar practicando esas posturas corporales, esas respiraciones, esa concentración.

 En un par de semanas la simple visión de ese balcón cada tarde al pasar, iba haciendo que mi curiosidad por esa práctica del yoga fuese creciendo, tal es así que un día fui a una librería a comprar mi primer libro de Yoga.

 Tuve la intuición de no adquirir uno de esos libros que son simplemente un álbum de bonitas fotos de posturas perfectas y me llamó la atención que solo en la última parte del libro se hablaba de algunas posturas o asanas para ayudarnos a estar más flexibles y a templar nuestra mente a partir de nuestro cuerpo.

En la mayor parte del libro se hablaba de vibrar en un tono diferente, mirar profundamente, dejar ir,  de aceptación; unos conceptos que enseguida me hicieron ver que había toda una profunda sabiduría dentro de esa práctica y que era lo que yo estaba buscando.

Me imaginaba que si era capaz de aprender lo que el yoga me proponía, sería capaz de avanzar sobre esos obstáculos que sentía que aparecían cada vez más a menudo en mi vida a medida que me estaba haciendo una persona adulta.

Pero resulta que todo seguía igual, mi trabajo, mi vida, mis actividades evasivas y ahora ese libro de yoga que releía como una guía de vida.

Pero es que resulta, que por mucha teoría que le pongas, si no actúas, si no haces algo diferente, si no hay un cambio en tus acciones, es bastante improbable que cambie en algo tu forma de estar en esta vida.

 Yo no lo sabía pero en esos momentos de mi vida, estaba creciendo cero, con veinticinco años me sentía un producto acabado; mi trabajo, mis amistades, mi montaña y mis interminables noches de rock and roll.

 Si me veías desde fuera podías percibir que tenía una vida plena, divertida, llena de actividad y así era, pero a nivel interno yo notaba mucho desconocimiento, de ahí mi huida hacia el exterior, ya que cada vez que me encontraba solo en mi interior, me perdía en ese desconocido mundo.

 La sociedad me había inculcado el acuerdo de que una vez que ya había dejado los estudios oficiales y reglados, que tan poco habían aportado a mi formación ya era un producto acabado, sin posibilidad de crecer y aprender más. Y  yo me lo había creído.

 Por otro lado, en todos mis años de escuela e instituto, en ningún momento nadie me había hablado de las emociones, de la relación de estas con mis problemas articulares, de que existe un mundo interior que es necesario que aprendamos a gestionar correctamente para aprender a gestionarnos en el mundo exterior.

 Y así pasaron varias semanas pasando con el bus por delante de la escuela de yoga, sintiendo ese anhelo, esa intuición.

Intentaba buscar motivos para convencerme a hacer un cambio, hacer algo diferente.

No me daba cuenta por aquel entonces que probar algo nuevo no ha de tener implícito ningún objetivo o motivo.

 

Hacer algo diferente, algo nuevo simplemente porque te apetece, porque lo quieres hacer, no hace falta ningún otro motivo.

Nos han inculcado otro acuerdo en el que constantemente tenemos que justificarnos, dar explicaciones razonables y tener motivos para hacer algo nuevo, para iniciar un cambio, para bajarte del autobús entrar a esa escuela de yoga, apuntarte y simplemente disfrutar de la experiencia, sin más pretensión.

Y así lo hice aquella tarde, me baje en aquella parada de bus cercana a la escuela sin saber que a partir de ese día y durante tres años bajaría en aquella parada dos o tres veces por semana.

Lo que pasó al entrar en esa antigua escalera, al subir al primer piso donde se encontraba la escuela de yoga, eso ya es tema para otro post.

Ganesha, la deidad del cartel que yo veía desde el autobús, es el dios de la inteligencia en el panteón hindú. Se le considera el eliminador de obstáculos y se le invoca antes de iniciar cualquier acto solemne, actividad importante,  viaje o cambio en tu vida.

Se suele encontrar su imagen en la entrada de las casas y los templos de India.

La imagen que aquí sale es la que yo tengo en la entrada de la sala donde practico.

Desde aquel entonces y a raíz de conocer en aquella escuela la filosofía de la india, siempre me gusta tener en casa en mi lugar de práctica una imagen de Ganesha, en ella me enfoco y recito su mantra cuando se plantea algún reto, recordándome a mí mismo que una de las principales vías de auto conocimiento es la vía del obstáculo como camino.

 No puedo ni explicar ni imaginar la cantidad de alegría, buenas experiencias y crecimiento personal que me ha proporcionado aquella tarde en que decidí salir de la rutina y hacer aquella parada en mi trayecto.

Es algo que siempre que lo recuerdo me agradezco profundamente a mí mismo.

 Porque a veces simplemente se trata de eso, de hacer una parada en el trayecto de la rutina y tomar otra dirección simplemente por que sientes que sí.

 Una persona puede vivir unos 27000 días  o también puede vivir el mismo día 27000 veces... la cosa cambia, ¿verdad?.

 Al final el tema de cambiar, de probar algo nuevo, nos vuelve a conectar con nuestra mente adquirida; prejuicios, el prejuicio se trata de eso, es más fácil y más seguro quedarse con lo conocido.

 Mirando la imagen de Ganesha sonrío y recito su mantra, si quiero cambiar algo, superar algo he de hacer algo diferente sin forzar la situación, avanzando con alegría y confianza.

 La antigua escuela de yoga ya no está en ese balcón de la gran vía de Barcelona, ahora en esa planta hay un edificio de oficinas.

Cuando regreso a Barcelona me gusta pasear por esas calles que me llenan de recuerdos y me gusta imaginarme que las personas que trabajan en esa oficina que un día fue la antigua escuela de yoga; trabajan alegres, cantando mantras, oliendo el dulce aroma de sándalo y realizando saludos al sol al iniciar su jornada laboral.

Sigo disfrutando de los ventanales que voy viendo por mi camino, imaginando historias que me ayudan a comprender que la VERDAD es todas esas historias que te cuentan los diferentes matices de unos ventanales que parecen iguales por fuera pero que contienen su peculiar historia interior.

Me fijo en esos ventanales y de vez en cuando me parece volver a ver la imagen de Ganesha que estaba en la antigua escuela de Yoga. Entonces me invita a hacer una parada en este  precioso momento eterno que es aquí y ahora.

Y tú  ¿Has sentido alguna vez la llamada de GANESHA ?

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